Antonín Dvořák
En 1848 los checos se unieron a la ola revolucionaria que en ese momento agitaba Europa. 7 años antes, la región de Bohemia tenia el orgullo de ver nacer al mejor compositor de lo que hoy día conocemos por República Checa.
Era la que he mencionado una situación donde el auge de los nacionalismos se tornaba como un importante protagonista. Los checos al igual que otros pueblos tenían reivindicaciones de autonomía, en este caso respecto al Imperio Austrohúngaro. Pero no todo quedaba ahí. El resurgir nacionalista también tuvo un carácter cultural. En lo que se refiere a la música, Antonín Dvořák es buena muestra de ello.
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Como otros grandes compositores, Dvořák se inicio en la música joven. Hasta 1874 había ejercido como organista y miembro de la orquesta del teatro nacional de Praga, donde conoció a Bedrich Smetana, quien despertó en Dvořák el entusiasmo por la música nacional bohemia e influyo ligeramente en su futuro estilo musical. Entre las 34 obras compuestas hasta ese momento, destacan sus 3 primeras sinfonías. La primera de ellas refleja la existencia de grandes cualidades musicales, aunque escasamente desarrolladas. Hasta ese momento Dvořák imitaba los modelos románticos, especialmente los de Mendelssohn y en su obra había una clara influencia de compositores como Schubert o Wagner.
Pero a partir de 1874 consigue desarrollar un estilo personal, más convencional y clásico. Además, empieza a investigar el folclore de su país, cuyos principales elementos utilizó posteriormente en sus composiciones.
Decir que Dvořák valoro muy poco sus 4 primeras sinfonías. De hecho, años más tarde incluso tenía intención de destruirlas. No obstante, y a pesar de la mala publicidad que supone decir esto, Dvořák consiguió una beca del gobierno austriaco gracias a su 3ª sinfonía, beca que volvería a recibir en los años 1876 y 1877. En el jurado encargado de adjudicar estos premios se encontraba Johannes Brahms, que le dio su apoyo, y jugó un importante papel en el futuro de Dvořák, que gracias a la intermediación de Brahms logro que le fueran publicadas varias obras, entre ellas las primeras sinfonías y la primera serie de Danzas eslavas Op.46 que tuvo un gran éxito en Europa y que os recomiendo escuchar (tanto esta, la primera serie, como la segunda Op.72, compuesta unos años mas tarde).
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Fue entonces el momento en el que sus interpretaciones en el exterior se multiplicaron, en un principio solo en Europa, especialmente las mencionadas antes, destacando la sinfonía nº 6.
Muchas de esas interpretaciones se produjeron en Reino Unido, donde Dvořák tuvo una acogida triunfal. La primera fue en 1884, año en el que fue nombrado miembro de honor de la sociedad filarmónica de Londres. A este nombramiento le seguirían muchos otros tales como el título de Doctor Honorario de Música por la Universidad de Cambridge, el doctorado honoris causa por la Universidad de Praga, y un sillón en la Academia de Ciencias y Bellas Artes de Checoslovaquia y de Berlín.
Antes de abandonar Europa para ir a Estados Unidos, Dvořák interpreto en numerosas ocasiones una de sus obras más destacables. Se trata de la Op. 90, también llamada Trío Dumky, obra escrita para 3 instrumentos, entre ellos el piano. Además, compuso la 2ª serie de Danzas Eslavas, la Obertura "Carnaval", dedicada a la Universidad de Praga, su genial Concierto para violín Op.53, el Quinteto para piano nº 2 Op. 81 y las sinfonías 7 y 8.
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Llego a Estados Unidos en 1892 para encargarse de la dirección del conservatorio de Nueva York. Si algo tiene de importante esta nueva etapa del compositor es que en ella compuso su obra mas famosa y mas conocida en la actualidad: la Sinfonía nº 9, también llamada "Sinfonía del Nuevo Mundo". Era aquel un momento en el cual no existía un estilo musical propiamente americano, como pudiera ser el de otros países de Europa. Dvořák escribió esta sinfonía a partir de las peculiaridades de la música de los nativos americanos y de las melodías "negras" del colectivo afro americano, pensando que esos temas musicales eran fruto de la tierra, y afirmando lo siguiente: "Son esas las canciones populares de vuestra tierra, y vuestros compositores deben centrarse en ellas".
Dvořák tenía unos objetivos a la hora de componer la sinfonía nº 9. Otra cosa es que la música norteamericana fuera en ese momento y llegara a ser en el futuro algo más que lo referente a lo nativo y lo afro americano.
En Estados Unidos también compuso una serie de cuartetos (entre los que recomiendo escuchar el nº 12, que conforma la Op. 96.) y el Concierto para violonchelo Op. 104, referente del repertorio musical romántico. Tras esto, regreso en 1895 a Praga, y se dedicó especialmente a los poemas sinfónicos (obras de carácter poético que entran a formar parte de la música programática, es decir, música que pretende evocar ideas o imágenes extra-musicales en la mente del oyente) y a la ópera. En este campo, cabe destacar Rusalka, su opera mas famosa y autentico éxito en tierras checas. El aria mas conocida de esta obra es la Canción a la luna.
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Dvořák murió en Praga en 1904 y es considerado como uno de los grandes compositores de la segunda mitad del siglo XIX, además de ser el más importante de los compositores checos. Su obra es muy variada: desde la ópera hasta la música de cámara, pasando por la música sinfónica. En sus sinfonías, se aprecia la exuberancia orquestal y la desmesura del desarrollo sinfónico propia de los compositores posrománticos. Pero a la vez juegan un papel importante características del romanticismo tales como el auge de los géneros nacionalistas en los que se resaltaba la música popular (folclórica) y las tradiciones de cada país. En ese sentido, Dvořák supo extraer la esencia de la música de su tierra. Una parte importante de esta se inspira en los paisajes bohemios, en los días de fiesta, en ceremonias y especialmente en los cantos y danzas populares. Entre otras muchas cosas, Dvořák consiguió elevar el folclore, convirtiéndolo en materia artística.