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¿Qué opinais sobre el relativismo moral?

Iniciado por Sideways Bob, 29 de Mayo de 2012, 01:42:30 AM

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Sideways Bob

"El relativismo moral consiste en afirmar que la moral es relativa a una determinada cultura sin que sea posible establecer principios que valgan universalmente para todos. El relativismo moral es simple, intuitivo y familiar. De ahí el atractivo inicial de esta doctrina. Los sacrificios humanos, la matanza de las viudas, la lapidación, la ablación del clítoris, la poligamia, la poliandria, la monogamia, la tiranía, la democracia y cualquier forma de vida que pueda pensarse se han dado en la historia en función del momento concreto en el que se viva. No habría forma de apoyarse en algún tipo de verdad básica que pudiera juzgar imparcialmente los muchos modos de vida. El relativismo dice apostar por la pluralidad, por la tolerancia, por el respeto a todo lo que ha surgido en la complicada existencia de los humanos. Más aún, se acompaña habitualmente de la tesis epistemológica según la cual entenderíamos mejor lo que sucede en cualquier parte del mundo si la viviéramos intensamente desde dentro. En China, siempre según el relativista, no defenderíamos la democracia, en determinados lugares de África no pensaríamos que es una aberración la ablación del clítoris y con los kung o bosquimanos gozaríamos del intercambio de mujeres. La actitud opuesta sería fruto del etnocentrismo occidental que considera universales y sin excepción los Derechos Humanos. Peor aún, esta actitud escondería un ultrarelativismo de la más perversa especie: quiere imponer su relativismo a los demás. Algo semejante a aquel párroco inglés, en palabras de Wittgenstein, que observa el mundo entero a través del prisma de su triste parroquia. Los genes, en suma y por utilizar un lenguaje actual, no nos diferencian de manera relevante a los humanos. Los memes, o unidades culturales, por el contrario, han dado lugar a sociedades que se rigen por patrones que no se someten a lo que, académicamente, llamamos la ética o moral.

Hay que reconocer que el relativismo, de entrada, tiene todas las de ganar. Un vistazo a nuestro alrededor, un paseo a lo largo del espacio y del tiempo o una reflexión sobre nosotros mismos parecen apoyar esta postura. A nuestro alrededor vemos que el palestino, v. g., se cree con toda la razón y el israelita con toda la razón contraria. A lo largo del espacio y del tiempo no se puede por menos que entender a los sofistas escépticos ante cualquier norma o a Montaigne, cuando nos contaba que los hombres que habían viajado mucho abrían poco la boca para no comprometer una opinión que les obligara a tener que demostrarla. Y en una reflexión sobre nosotros mismos nos encontramos escindidos, aceptando lo que nos favorece por cercano y rechazando lo que nos incomoda por lejano. El relativismo, además, se presenta como el debelador del dogmatismo, el defensor de una causa que se opone a la imbecilidad de pensar que hay que seguir una sola vía y que cualquier otro camino está vedado. Relativismo, en suma, sería oxígeno, libertad y sana teoría.
Conviene distinguir el relativismo descrito del escepticismo y del agnosticismo. El escéptico no niega verdad alguna sino que se limita a confesar que no somos capaces de conocerla. El agnosticismo, por su parte, es escéptico respecto a aquellas cuestiones que superan el poder de la razón y que tradicionalmente se han llamado trascendentes. El relativismo, sin embargo, ni niega verdad alguna ni entra en disquisiciones sobre lo que está más allá de la razón humana. Lo que afirma es que lo que vale para unos no tiene por qué valer para otros en el terreno de la moral. El moderno culturalismo, además, encontrará un aliado en el relativismo moral. Cada cultura es dueña de sus actos, sostiene el multiculturalista. El relativismo moral, sin embargo, es más sólido y menos borroso que la mezcla de doctrinas en las que se enreda el multiculturalismo.

Dijimos que el relativismo moral produce, de entrada, atractivo. Pero hay que añadir inmediatamente que si el relativismo fuera verdadero la moral desaparecería. No le falta razón a B. Williams cuando escribe que el relativismo es la doctrina más perversa que haya podido idearse. Efectivamente, en el momento en el que concediéramos carta de ciudadanía al relativismo todo podría valer, lo que implica que nada es bueno o malo. Cualquier canon para distinguir lo correcto de lo incorrecto desaparecería de nuestro horizonte. Matar, torturar, dañar, en suma, tendrían el mismo puesto en la vida humana que el respeto, la ayuda o la justicia. El relativismo, en cuanto se le analiza de cerca, pasa de ser una frivolidad a convertirse en una monstruosidad. El "todo está permitido" de Dostoievski obtendría su llena bendición.
No es fácil, sin embargo, derrotarle. Una cosa es decir que es insostenible, descorazonador o negación de lo más valioso de las construcciones que hemos hecho los humanos y otra muy distinta encontrar argumentos que puedan acallarlo. Por otro lado, y al igual que ocurre con el escepticismo, los razonamientos contra el relativismo suelen ser muy formales por lo que adolecen de excesiva abstracción. Así, si refuto al escéptico contraargumentando que al menos afirma una verdad (es decir, que afirma la verdad del escepticismo), es probable que los partidarios del escepticismo se alcen de hombros y no queden afectados por dicha argumentación. Otro tanto sucede con el relativismo. En cualquier caso se han ensayado múltiples maneras de ponerle en evidencia recurriendo a la lógica. Por ejemplo, H. Putnam insiste en que quien sostenga que lo que es verdadero para los Hopi no lo es para los que no son Hopi ha introducido un concepto según el cual existen verdades para los Hopi que no valen para los que no lo son. Y esto ya no es algo relativo sino una verdad universal. El relativismo, por lo tanto y en sus propios fundamentos, habría sido refutado. Repito que se trata de victorias un tanto pírricas. Y es que el relativista podría responder que efectivamente admite al menos una verdad; precisamente la verdad del relativismo. Mejor sería, en consecuencia, limitarse en este terreno a una afirmación menos sonora pero más dolorosa para el relativismo. Tal afirmación se resume en el hecho de que toda sociedad, si es una sociedad y no un agregado que acaba disolviéndose, necesita un conjunto de reglas morales.

Sin salirnos del todo de las minirefutaciones formales al relativismo podríamos añadir en su contra dos objeciones más. La primera tiene que ver con su idea de sociedad. No nos acaba de dar un concepto claro de lo que entiende por sociedad. Las normas de los españoles o de los rumanos ¿tendrían que valer para los gitanos o forman una sociedad aparte? ¿Los célibes pertenecen una sociedad distinta? ¿Los consumidores de hachís no podrían dar lugar a otra? Y, en un paso más, el relativismo, una vez que ha colocado la costumbre por encima de toda regla, no posibilitaría que las costumbres minoritarias, sean las de los gitanos, las de los célibes, las de los consumidores de hachís o las de los sanos transformadores, alternativos o utópicos, triunfaran. De esta manera, y por arte de una magia que ridiculiza el relativismo, éste se habría pasado al bando de los dogmáticos.

La refutación del relativismo necesita dar un paso más. Y ese paso no se encuentra ya en la argumentación y reducción al absurdo de sus tesis. Tampoco en lo opuesto que se muestra, una vez que se le desvela, al sentido común. Ni siquiera es necesario recordar que lo que entiende por costumbres no lo son sino para los que las imponen (la esclavitud no es algo que guste al esclavo sino que éste tiene que padecerla a manos de quien le oprime). En consecuencia, para oponernos sustancialmente al relativismo, debemos adentrarnos en lo que es la moral. O, mejor, en cómo se puede fundamentar la moral; dando por supuesto que, si de moral hablamos, no tenemos más remedio que reconocer su universalidad; es decir, que lo que vale para uno vale para todos. Si eliminamos la Regla de Oro, según la cual no debemos querer para los demás lo que no queremos para nosotros, hemos tachado de este mundo lo que entendemos por moral. Fundamentar sólidamente la moral es, sin duda, una tarea hercúlea y en ella han estado y están empeñados los filósofos morales que hacen justicia a su profesión. Podemos, no obstante, ofrecer aquellos aspectos elementales de fundamentación que nos patenticen hasta qué punto el relativismo tout court es un despropósito.

Un juicio moral, como cualquier juicio, necesita fundamentarse. Si digo que no se debe torturar tendré que aportar las razones que avalen ese juicio. Las distintas teorías morales se afanan en buscar la última justificación de tales juicios. Y si lo consiguen derrotan el relativismo. Lo derrotan porque dan un peso a tales juicios que desmontan el particularismo relativista. Si no debo matar, no debo matar a nadie y nadie debe matar, pero dando siempre razones de por qué no se debe matar. Lo expuesto requiere que nos detengamos en lo que es la fundamentación de la moral, a sabiendas de que al introducirnos en ese tema nos vemos obligados a optar por una manera de contemplar lo que es la vida moral. Y ésa es la nuestra.

Antes de nada no conviene olvidar que se puede querer ser moral o se puede no querer entrar en esa forma de vida que nos caracteriza como humanos. Algunos, sin llegar al caso extremo de la amoralidad, se mantienen en la misma raya, dispuestos sólo a calcular respecto a los demás, como si de mercancías se tratara, a actuar con los otros como en una lotería o en una lucha táctica. No es ésa la moral en su sentido pleno. Querer ser moral implica introducirse en una sociedad en la que todos son iguales y la reciprocidad es la moneda de cambio. En este sentido ser moral supone la intención de ir formando una conciencia moral de modo que si actúo mal me avergonzaré y si actúo bien seré digno de estima y autoestima. Naturalmente que esta conciencia moral no elimina otros aspectos que miran a las consecuencias de la acción. Lo que hará la conciencia moral es guiar las acciones, orientar nuestra vida, buscar equilibrios adecuados.
Entrar, por lo tanto, en el serio juego de la moral es lo mismo que querer compartir con los demás, de modo sustancialmente igualitario, los derechos que históricamente hemos ido conquistando los humanos. Y la razón de esta última decisión estribaría en que queremos también considerarnos dignos de estima, tanto por los demás como por nosotros mismos. En este punto se plantea la cuestión de si la última motivación para ser moral radica en la razón o en los sentimientos. Tal vez la pregunta no esté bien planteada puesto que los sentimientos de indignación ante las malas acciones o los de respeto universal están atravesados por la razón. Si respeto a Fátima por ser una persona moralmente modélica o si respeto a Aitor sencillamente por ser uno más entre nosotros, estoy refiriéndome a hechos sobre los que me formo un determinado juicio. Que la resonancia última sea afectiva no quita el hecho de que todo se ha jugado mediante los juicios que ejercemos con la razón.

De lo dicho se sigue, tal y como lo ha expuesto ejemplarmente E. Tugendhat, que el relativismo aparece en su verdadero espejo si distinguimos los juicios morales repecto a una tercera persona de los realizados en primera persona. Si juzgo lo que ocurre con la pena de muerte en EEUU o lo que ocurre con las mujeres en el Tibet doy, obviamente, un juicio relativo respecto a un tercero. Cosa muy distinta es lo que sucede cuando hablo en primera persona. Entonces no puedo, en modo alguno, ser relativista. Si digo que matar está mal y no debe hacerse, mi afirmación abarca a todo el mundo y deseo que ese principio se implante allí en donde exista un ser humano. De ahí que en dicha afirmación se encierra la voluntad de implantar universalmente el principio de no matar; con la diferencia respecto a otro tipo de actitudes de que en moral no se impone nada a nadie. Habrá desprecio moral, expulsión de la comunidad moral u otro tipo de reacciones afectivas y prácticas. La fuerza es lo único que estaría excluido.

El relativismo, como vemos, se ha ido achicando hasta desaparecer. El particularismo suele echarle una mano. El particularismo es una forma más sofisticada de relativismo. El particularista acepta sin rubor su grupo y rechaza a los demás. Considera que de esta forma salvaguarda mejor sus bienes o cree simplemente que su grupo es superior al resto. El particularismo es un enemigo mucho mayor que el relativismo porque ejerce de verdad y está bien presente en nuestra sociedad; no ya en lo que genéricamente se entiende por nacionalismo o comunitarismo sino en la médula de sociedades que, aparentemente, se presentan como defensoras de valores universales válidos para todos. Una idea de cultura que confunde ser distinto con ser superior o un aprecio a las tradiciones incapaz de salir de ellas es el sello del particularista. Éste cuestiona, en la vida real, la característica fundamental de la moral: la universalidad. No es fácil refutar el particularismo porque se escabulle con habilidad. Unas veces negando que eso sea así, otras señalando los males de los demás y en ocasiones observando que el desarrollo de las sociedades es asimétrico y sometido a evolución. Las objeciones al particularismo son las mismas que las que hemos hecho al relativismo. Sólo añadiríamos que el particularismo, al igual que la actitud de algunos antropólogos relativistas, es normativa; es decir, no se limita a describir un estado de cosas sino que introduce un imperativo; el imperativo de que no se debe interferir en otras sociedades. El particularismo tiene razón si se ciñe a usos y costumbres que son, por la misma variedad cultural, distintos de una sociedad a otras. A los vascos les gusta cortar troncos, a los suizos el alpinismo y a algunos nómadas correr con camellos. Pero vascos, suizos y nómadas están obligados, con sus costumbres, a respetar a todo el mundo.

Oponerse al relativismo no implica poseer una fundamentación absoluta de la moral. Como escribe E. Tugendhat, sólo está en nuestro poder una relative Begründung (una fundamentación relativa). Dicho de otra manera, nuestra fundamentación puede ser mejor que otras pero en modo alguno intocable. No poseemos, como la ideal palanca de Arquímedes, un punto en el que apoyarnos para desde allí mover a nuestro antojo la moral. Y es que en el núcleo de la ética anida siempre algo de incertidumbre. Como observó S. Kripke en su estudio sobre Wittgenstein, los dos polos a evitar en cualquier argumentación son los del hiperracionalismo que añora un factum superlativum semejante a un Dios y el escepticismo que, defraudado por no poder alcanzar aquel fundamento absoluto, se desfonda. Los humanos, más modestamente, debemos reconocer que las mejores razones en el contexto adecuado nos bastan y que es ilegítimo ir más allá. O es deslizarse en una ética teológica que se aparta de una justificación puramente racional. Por otro lado, y Aristóteles fue el primero en señalarlo, la ética no es ni física ni matemáticas. De ahí que no se la pueda exigir ni la legalidad de la primera ni el formalismo de la segunda. En este sentido podríamos retomar la vieja idea de Popper sobre el falsacionismo. Y es que no creer en una concepción inmutable de la verdad no es sumarse al relativismo. Lo único que podemos hacer es afirmar que hasta el momento poseemos las mejores razones contra las objeciones que sea posible acumular. Esto, repetimos, es suficiente.

Antes de finalizar digamos dos palabras sobre la evolución y la moral. En general los teóricos evolucionistas y los viejos y nuevos sociobiólogos no han pecado de relativismo. Todo lo contrario, han pensado, en términos cercanos al determinismo, que la moral ha sido uno de los motores de la evolución y que, de esta manera, ha servido para que nos vayamos adaptando en el proceso de selección natural que ha hecho de nosotros lo que somos. Sucede, sin embargo, que en esta concepción (bien refutada entre nosotros, por cierto, por F. Ayala) se marcan los hitos de la cadena evolutiva de tal manera que en cada momento es bueno o es malo lo que sirve o no sirve a la adaptación de los que sobreviven. Por tanto, la pregunta que se plantea desde esta postura es la siguiente: ¿Vamos cambiando de principios como se cambia de costumbres o, por el contrario, vamos depurando nuestros principios de forma que cada vez somos más morales? La pregunta exige que distingamos, antes de nada, entra la ética material y la ética formal. Una cosa es que cambien los contenidos de la moral y que lo que en otro tiempo se consideró bueno hoy se considere malo o viceversa, y otra que se mantenga firme la forma de la moral. Efectivamente, y si miramos a los contenidos, todavía hace pocos años el voto femenino no se tenía por un derecho semejante al de los hombres. El mismo Kant justifica la discriminación de las mujeres. Y tal vez nuestros descendientes no muy lejanos piensen que es más honesta la poligamia y poliandria igualitarias que la monogamia desequilibrada. No sabemos lo que podemos cambiar en un futuro y sí sabemos lo que hemos cambiado a lo largo de nuestra existencia. Todo ello pertenece, en cualquier caso, al contenido de la moral y que se inserta en los cambios histórico-culturales. Pero cosa muy distinta es la que atañe a la forma o estructura de la moral. Y ésta, tal y como indicamos, se resume en la Regla de Oro: no quieras para otro lo que no quieres para ti. Si algún día esa regla se modificara de modo que la jerarquización, la sumisión y la pérdida de la simetría intersubjetiva desaparecieran tendríamos que certificar la muerte de la moral. O la muerte del ser humano, tal y como lo entendemos hoy. En caso contrario, y que es el que afortunadamente nos ocupa, tendremos que seguir manteniendo y perfeccionando la estructura de la moral. Sólo dentro de esa estructura pueden realizarse los cambios que, según las circunstancias, se consideren oportunos.

Acabamos ya. Hemos visto cómo el fuego de artificio del relativismo se va apagando en cuanto se le mete el bisturí de la argumentación moral. Y hemos visto la importancia que tiene la fundamentación o justificación última de la moral para desbaratar el relativismo. En dicha justificación los sentimientos morales son decisivos. Sin sentimientos realmente morales de indignación ante la injusticia, de autoestima ante la acción bien hecha, de respeto a todos los congéneres o de vergüenza por lo que debiendo ser hecho no hacemos es imposible generar una moral universal. A la pedagogía moral de los sentimientos compete desarrollar este decisivo capítulo. Y es que sin una cultura de respeto mutuo universal no hay modo de sustentar la moral. Y ahí se afinca, con facilidad, el relativismo. Como escribe S. Blackburn: "No debemos preocuparnos por responder al relativista con alguna astuta triquiñuela intelectual o metafísica. Sólo podemos dar respuesta a su desafío desde un determinado conjunto de valores con el que nos identificamos".




¿Alguien se lo ha leído todo? Felicidades. Yo me quedé un poco más allá de la mitad, el resto me lo leí por encima. Demasiada paja, cosas cogidas por los pelos y algunas tonterías. Pero el tema que plantea resulta interesante, no así su desarrollo, así que la pregunta sería ¿Qué opinais sobre el relativismo moral?
¿No drogas?¿Matar?¿Sexo con animales de granja?
Me decepcionáis capullitos. Deberíais estar por ahí mutilando viejecitas indefensas.

munduan galduta

Pero cómo me voy a leer eso a estas horas ¿Estás flipao?

Cita de: le_banner en 22 de Junio de 2009, 23:25:04 PM
¿Si te digo que has ganado te vas a tomar por culo?

Sideways Bob

¿No drogas?¿Matar?¿Sexo con animales de granja?
Me decepcionáis capullitos. Deberíais estar por ahí mutilando viejecitas indefensas.

Kuranes

¿De donde lo has copiado? mañana lo leo. De momento diré que el relativismo moral se da siempre en las épocas en que las civilizaciones decaen, perdida su fuerza originaria. Su mismo crecimiento es causa de su ruina.

PAKMEI

#4
Me he leido el primer y ultimo parrafo. El primero estoy de acuerdo y creo que es algo obvio. El ultimo no he entendido una mierda, supngo que porque esta ligado con todo el contenido, o quizás solo porque es una paja mental, o quizás solo porque soy cortito.

PAKMEI

Cita de: PAKMEI en 29 de Mayo de 2012, 08:07:00 AM
Me he leido el primer y ultimo parrafo. El primero estoy de acuerdo y creo que es algo obvio. El ultimo no he entendido una mierda, supngo que porque esta ligado con todo el contenido, o quizás solo porque es una paja mental, o quizás solo porque soy cortito.

Ja, menudo tonto.

Ayssha

A la hoguera con Socrates! Y no es que me convenza el relativismo, pero el determinismo no me parece mejor. Que lio.